Segunda vuelta: Sacerdotes y guerreros

por | Feb 28, 2026 | 3 Comentarios

Hay momentos en los que Dios nos pide dar vueltas que no entendemos. Vueltas que parecen repetitivas, silenciosas, incluso innecesarias. Pero los que necesitaban las vueltas no eran los muros… era el pueblo. Cada paso alrededor de Jericó no estaba debilitando primero la piedra; estaba formando el corazón. Cada vuelta era una preparación.

A veces queremos que Dios derribe muros externos sin trabajar primero en nosotros. Pero antes de la conquista viene la consagración. Antes del territorio viene el carácter. Por eso la pregunta no es solo: “¿Qué muro quieres derribar, Señor?”, sino: “¿Qué vueltas quieres que yo dé?”. Vueltas de obediencia. Vueltas de oración. Vueltas de silencio. Vueltas de arrepentimiento. Vueltas de fe cuando no veo nada moverse.

En Josué 4:10–13, el pueblo no avanzó hasta que los sacerdotes estuvieron en su lugar, sosteniendo el arca en medio del Jordán. La tierra prometida no se abrió por estrategia militar, sino por presencia divina. Y eso nos confronta: a veces nos damos cuenta de que hacen falta cosas en nuestra casa. Nos preocupamos por lo que no tenemos —dinero, estabilidad, oportunidades—, pero Dios le dijo al pueblo que lo que realmente necesitaban era estar preparados. Les hacía falta ese “algo”. Y muchas veces, ese “algo” es un sacerdote.

Dios eligió a la tribu de Leví, aquellos que no participaron en la adoración del becerro de oro. No fueron perfectos, pero fueron fieles en medio de la crisis. Hubo un llamado, hubo una vestimenta, hubo santidad. Dios no solo los escogió; los dotó de dones, talentos y capacidades. Y les dio una vestidura especial con una lámina de oro en la frente que decía: “Santidad a Jehová”.

En la frente. En la mente. Porque ahí es donde se libra la batalla diaria. Nuestra mente pelea todo el día: dudas, temores, pensamientos que no vienen de Dios. Por eso el sello de santidad estaba en ese lugar. Antes de conquistar afuera, había que ordenar lo que pasaba adentro.

Y junto con la vestidura vino la responsabilidad: llevar el arca. El arca no se movía sola. No avanzaba por sí misma. Los sacerdotes la cargaban sobre sus hombros. Sin sacerdotes, el pueblo no podía entrar en la tierra prometida.

Hoy nosotros somos llamados a llevar el Arca. Y el Arca representa la presencia de Dios. Pero muchas veces nuestros hombros están ocupados con otras cosas: cargas, preocupaciones, deudas, tristezas, ansiedad. Y olvidamos llevar lo más importante. El arca no va a entrar sola a tu matrimonio. No va a llegar sola donde están tus hijos. No va a aparecer sola en tu trabajo o en tu economía. Alguien tiene que decidir cargar la presencia de Dios y llevarla a esos espacios.

Tal vez nuestra casa está como está porque hemos llevado todo… menos el Arca.

Pero junto a los sacerdotes también estaban los guerreros. A diferencia de los sacerdotes, ellos no fueron elegidos por linaje; surgieron porque había una necesidad. Había amenazas. Y cuando hay amenazas, se necesitan guerreros.

En nuestros tiempos hacen falta personas que se levanten y digan: “En esta casa el pecado no va a entrar sin resistencia”. Guerreros que se pongan entre el peligro y su familia. Entre la destrucción y sus hijos. Entre el desorden y su matrimonio. Guerreros que no se queden dormidos.

Porque, ¿qué hacemos cuando descubrimos que una cucaracha se metió al cuarto en la noche? ¿Seguimos durmiendo como si nada? No. Nos levantamos de inmediato. Encendemos la luz. La buscamos. La enfrentamos. No descansamos hasta sacarla.

Pero a veces dejamos que se metan “bichos” al corazón de nuestra familia: resentimientos, malos hábitos, influencias dañinas, tibieza espiritual. Y seguimos como si nada. Dormimos. Dejamos que revoloteen.

En la familia hacen falta guerreros que se levanten.

El guerrero se vestía con su armadura. Y nosotros también tenemos una: el casco de la salvación, la coraza de justicia, el cinturón de la verdad, el escudo de la fe, la espada de la Palabra, el calzado para anunciar. La armadura no es para exhibirla en tiempos de paz; es para vestirla antes del día malo. Porque los días malos se vuelven más difíciles cuando no estamos preparados espiritualmente.

Al diablo no le ofenden nuestras palabras religiosas. No le afecta que digamos que somos creyentes. Lo que lo hace retroceder son nuestras oraciones, nuestra fidelidad, nuestras acciones coherentes. El enemigo huye cuando encuentra una familia que ora, una madre que intercede, un padre que se consagra, hijos que deciden obedecer a Cristo. Así se hace la guerra espiritual: viviendo en santidad, permaneciendo en fe, obedeciendo cuando nadie ve. Entonces el enemigo queda sin espacio, sin argumento, sin autoridad.

Nuestros hijos no se protegen solo diciéndoles: “No vayan a tal lugar”. Se protegen cuando alguien en casa carga el Arca y viste la armadura. Todo lo que tenemos se protege cuando entramos en la presencia de Dios y peleamos las batallas correctas.

En esta vuelta que estamos dando —porque Dios siempre nos lleva de vuelta en vuelta— Él nos está llamando a ser sacerdotes y guerreros. Sacerdotes que cargan Su presencia. Guerreros que resisten el mal. No uno u otro. Ambos.

Y todo esto es posible porque primero hubo Uno que cargó sobre Sus hombros algo mucho más pesado que un arca: Jesucristo llevó nuestra cruz. Él es el verdadero Sacerdote y el verdadero Guerrero. En la cruz intercedió como sacerdote y venció como guerrero. Derrotó al enemigo no con gritos, sino con obediencia. No con violencia, sino con santidad.

Por eso el llamado es claro: comience usted. No espere que alguien más lo haga. No espere que otro sea el sacerdote de su casa. No espere que otro sea el guerrero de su familia.

Pregúntele hoy al Señor:
“¿Qué vueltas quieres que yo dé? ¿Qué debo cargar en mis hombros? ¿De qué debo vestirme antes del día malo?”

Porque sin sacerdotes no se entra a la tierra prometida.
Y sin guerreros, la tierra no se protege.

Pero cuando un corazón decide parecerse a Cristo, cargar Su presencia y vestirse de Su armadura, entonces los muros caen… y la promesa se vuelve realidad.

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Escrito por Isabel Bonilla
Soy ministra de alabanza de la iglesia Casa Abierta. Adoradora de tiempo completo. Estudiante de Licenciatura en Literatura de la Universidad del Valle. Amante de la escritura y las diferentes formas de habitar en lenguaje.
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Christian Casamachin
Christian Casamachin
26 days ago

Gracias por el artículo y el resumen de la Palabra!
Muy bueno!

Karina Gómez
Karina Gómez
26 days ago

Super!!!

Milena Marin Montoya
Milena Marin Montoya
25 days ago

Seamos guerrerdotes !!!!

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