Estábamos compartiendo con mi hijo, mientras escuchábamos un playlist que le gustaba.
Comenzó a hablarme de muchas cosas que recordaba y que vivimos juntos como músicos. Una de ellas me dijo: “Papá, no te lo he dicho nunca… justo después de terminar el tiempo musical en la iglesia, casi lloro cuando me dijiste que estabas orgulloso de mí. Bueno, me lo dijiste por el interno. Me felicitaste, dijiste que estabas orgulloso de mí. Me dio un poco de vergüenza por los demás chicos, pero al mismo tiempo me dio nostalgia, alegría y emoción. Me sentí feliz. Aún lo recuerdo”.
¿Te has preguntado cuántas veces tus palabras han marcado de manera positiva a tu familia, amigos, colaboradores, hijos o cónyuge? Aunque ellos nunca te lo digan.
A veces pensamos que es un simple cumplido lo que decimos, que no es relevante y, por lo tanto, no seguimos haciéndolo. Dar lo mejor en nuestras palabras se acaba, y luego no lo hacemos. Ya no decimos: felicidades, eres el mejor, me haces feliz, me gusta pasar tiempo contigo, te extraño, me hace bien compartir contigo, etc. Y si quizá lo hacemos con alguien muy cercano, solo lo decimos por formalidad.
Seguramente no nos enteraremos del efecto que nuestras palabras causen en nuestro círculo social. Quizá pocos o nadie te lo digan, aun así, no dejes de ofrecer los mejores comentarios, las mejores palabras de ánimo. No dejes de alentar y empatizar con alguien más. Ofrece palabras que sellen corazones para bien.
“Las palabras amables son como la miel: dulces al alma y saludables para el cuerpo.”
— Proverbios 16:24 (NTV)
Solo hazlo. Anima, motiva, agradece, reconoce, ofrece las mejores palabras, aunque no te lo digan. Harás feliz a alguien más.




