En algún momento de la vida surge una pregunta sencilla, pero profunda: ¿te gustaría parecerte a tu papá o a tu mamá? Muchas veces respondemos desde lo emocional, desde lo que admiramos o incluso desde lo que nos dolió. En la fe ocurre algo parecido: cuando caminamos con Dios, inevitablemente empezamos a parecernos a Él. Adoptamos su carácter, su manera de amar, de obedecer y de adorar. Por eso, la Palabra no solo nos invita a creer, sino a vivir una vida que refleje al Padre.
En Génesis 12:7-8, Dios se le aparece a Abram y le hace una promesa. La respuesta de Abram no fue solo escuchar, sino adorar: edificó un altar. Luego se movió y volvió a edificar otro altar, invocando el nombre del Señor. Ese lugar fue llamado Bethel, que significa Casa de Dios. Bethel no fue solo un punto geográfico; fue un espacio de encuentro, de adoración y de obediencia. Abram entendió que su relación con Dios necesitaba un lugar, un tiempo y una actitud.
Hoy comprendemos algo aún más profundo: la Casa de Dios somos cada uno de nosotros. No se trata solo de un edificio. Dios habita en los corazones rendidos. Por eso, debemos ser personas que viven una vida que Adora a Dios todo el tiempo, no solo cuando vamos a la iglesia. Ir a la iglesia es importante, pero no es suficiente. Necesitamos tener un lugar de adoración, un Bethel personal al que siempre podamos volver.
Sin embargo, la vida no es lineal. Génesis 12:10 nos muestra que Abram atravesó una crisis: hubo hambre en la tierra y eso lo obligó a moverse, a descender hacia Egipto. La crisis siempre busca hacernos descender, retroceder, alejarnos del lugar donde Dios nos habló. Egipto representa ese lugar donde nadie quiere estar, pero al que a veces llegamos empujados por la necesidad, el miedo o la falta de confianza. Abram no fue a Egipto por obediencia, fue por presión.
Aun así, Dios no lo abandonó. En Génesis 13:4, Abram vuelve al lugar del altar, al lugar donde había invocado el nombre del Señor. Vuelve confiado en Dios. Esto nos enseña algo fundamental: siempre debemos volver al lugar de la adoración. Cuando todo se desordena, cuando fallamos o retrocedemos, el camino de regreso es el altar. La adoración nos reubica, nos recuerda quién es Dios y quiénes somos nosotros.
En Casa Abierta creemos que ADORAR es parte de nuestro ADN. Cada letra tiene un significado profundo.
La “A” equivale a “Amo a Dios”. Amar a Dios implica obedecer su llamado, escuchar su voz y dar pasos de obediencia aun cuando no entendamos todo. Amar a Dios también requiere disciplina.
Es por ello que la “D” significa “Disciplino mi vida”, porque la disciplina es una construcción diaria, no solo espiritual, sino en todas las áreas. La disciplina requiere esfuerzo, constancia y decisión.
La “O” es de “Ofrezco lo mejor”. Abram lo demostró cuando, en lugar de imponerse, le dio a Lot la oportunidad de elegir primero (Génesis 13). Eso es honra. Muchas veces hacemos lo contrario: damos lo mejor a los de afuera y lo viejo a los de casa. Como cuando los papás sacan la vajilla exclusiva para la visita, pero en casa usan la vieja y desgastada. Dios nos enseña que a nuestra propia familia, en nuestra propia casa, debemos darle lo mejor.
La “R” es de “Represento a Jesús”. Abram tomó posición de hijo. Caminó bajo la instrucción de Dios, se movió conforme a su voz. En Génesis 13:14-18, Dios le recuerda la promesa y se la amplía. Las promesas de cosas extraordinarias son para los hijos que confían, obedecen y representan al Padre. Abram siempre tuvo en cuenta a Dios como su referencia principal.
La última “A” es de “Amamos a las personas”. En Génesis 14:16, Abram no solo recupera bienes, sino también a las personas cautivas. Para Dios, las personas siempre son el verdadero tesoro. Las personas que tengo a mi alrededor son mi responsabilidad, mi regalo, mi llamado. Casa Abierta es un lugar para aprender a amar a las personas, para crear relaciones sanas y cercanas, para caminar juntos.
En Casa Abierta no solo encontramos enseñanza; encontramos familia. Un lugar donde adoramos, obedecemos, ofrecemos lo mejor, representamos a Jesús y aprendemos a amar de verdad. Porque una vida que adora no se queda quieta: camina, vuelve al altar y refleja al Padre en todo momento.




