Ora por tus
líderes
Hoy oras por los que están sobre ti — los que decides, los que no. Y entrenas la honestidad que la mayoría evita: nombrar tu propia envidia.
«La envidia que no nombras te gobierna. La envidia que escribes pierde poder.»
Hoy oras por tus líderes. Por tu jefe (el que tienes, no el que quisieras). Por tu pastor. Por tu líder de célula. Por el presidente del país.
Liderar es pesado y solitario. Tu oración es más útil de lo que crees.
5 repeticiones de 20 abdominales. Mezcla los tipos: crunches normales, oblicuos, elevación de piernas, plancha.
Si llegas con el último set agotado, vas bien. Si terminas como si nada, sube las repeticiones a 25.
Hoy escribes qué te causa envidia. No «nada, yo no envidio a nadie». Mentira. Todos envidiamos algo.
Escribe: «Me da envidia que [nombre] tiene [esto] y yo no.» Una frase, concreta, honesta. Lo que vas a sentir es alivio, no culpa.
Llama a un hermano o familiar con el que llevas tiempo sin hablar. Primo, tío, tía, abuelo. Esa persona que cada vez que aparece en tu cabeza piensas «tengo que llamarla».
Hoy la llamas. Sin agenda. Sin pedirle nada. Solo para saber cómo está.
Nombrar la envidia no es pecado.
Dejarla escondida sí termina serlo.





No tienes que dar detalles. ¿Qué te sorprendió descubrir al escribir tu envidia?