En algún momento de la vida, todos nos hemos hecho la misma pregunta, a veces en voz alta y otras en lo más profundo del corazón: ¿Quién sos? La Palabra de Dios nos recuerda que la respuesta no está en nuestras circunstancias ni en nuestra historia familiar, sino en quién es Dios para nosotros. “Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos!” (1 Juan 3:1 NTV). Nuestra identidad no se construye, se recibe: somos hijos.
Vivir con identidad de hijos transforma nuestra manera de caminar la vida. Ya no avanzamos como huérfanos espirituales, sino como personas cuidadas, amadas y guiadas. Y entonces aparece otra pregunta esencial: ¿Quién te guía? Porque un hijo necesita dirección. La Biblia dice: “Pues todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Romanos 8:14 NTV). Es vital tener un adecuado liderazgo, y no hay liderazgo más seguro que el del Padre guiándonos por medio de su Espíritu y su Palabra.
Sin embargo, hablar de paternidad, no siempre es fácil. Para muchos, la relación con los padres terrenales pudo haber sido muy mala, o incluso hoy sigue siendo dolorosa. Pero esa experiencia no debe determinar ni dañar nuestra relación con Dios.
Él no es una proyección de fallas humanas. En sus brazos podemos estar tranquilos y confiados porque Dios no repite heridas: Él las restaura.
En mi caso, soy la menor de tres hermanos, y he entendido algo importante con el paso del tiempo: mi relación con mi papá es diferente a la relación que mis hermanos tienen con él. Cada uno de nosotros se vincula distinto, desde su carácter y su proceso. Eso no significa que una relación esté bien y las otras estén mal; simplemente son diferentes. Y así mismo ocurre con Dios. La relación que Dios tiene conmigo no es igual a la que tiene con otros hijos, pero todas nacen del mismo amor perfecto. “Yo soy el buen pastor; conozco mis ovejas, y ellas me conocen a mí” (Juan 10:14 NTV). Dios no ama en serie, siempre ama de
manera personal y auténtica.
Por eso, como hijos, debemos estar enfocados. El mundo intenta distraernos, confundirnos y alejarnos de nuestra verdadera identidad. La Palabra nos llama a mantener la mirada firme. “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).
No quitemos nuestra mirada de Dios, nuestro Padre, porque cuando lo miramos a Él, recordamos quiénes somos, quién nos guía y hacia dónde vamos. Vivir como hijos de Dios es caminar confiados en una paternidad que no falla, descansar en
su dirección y permitir que su amor defina nuestra identidad cada día.



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Muy bueno Isa