¿Te gustan los paseos? ¡Qué emoción, verdad! Creo que a la mayoría de las personas nos gusta salir de paseo. Uno de nuestros últimos viajes en Colombia fue a Medellín; queríamos conocerla mi esposa, mis hijos y yo. Medellín, Antioquía, es una ciudad hermosa de Colombia. El paseo fue emocionante, no por la meta, sino por el proceso.
Los preparativos nos llenaban de ilusión: qué comida llevaríamos para los días fuera, qué ropa, cuánta, cuáles rutas recorrer, en qué lugares comeríamos. Todo ese proceso y esa preparación generaban una emoción muy grande, y como si fuera poco, la compañía: una hermosa familia de amigos con quienes pasamos un viaje inolvidable.
Si bien disfrutamos de los lugares, lo mejor fue vivir momentos como comer juntos, reír, hacer fotos… casi nos quedamos sin hotel y posiblemente habríamos dormido en los coches. Fue inolvidable… ¿Recuerdas más el proceso o la meta cuando sales de paseo?
Cuántas veces nos enfocamos solo en llegar a la meta, y no disfrutamos del proceso.
“Durante cuarenta años te guié por el desierto; sin embargo, ni tu ropa ni tus sandalias se desgastaron. No comiste pan ni bebiste vino ni otra bebida alcohólica, pero Él suplió tus necesidades para que supieras que Él es el Señor tu Dios.”
— Deuteronomio 29:5-6 (NTV)
La meta del pueblo de Israel era llegar a la tierra de Canaán, una tierra prospera y prometida por Dios. Pero lo que no percibieron fue cómo, en el proceso, Dios los sostuvo. Los mayores milagros ocurrieron durante ese caminar.
Estaban tan enfocados en llegar que, al hacerlo, olvidaron todo lo que Dios les mostró en el camino. Deberían haber aprendido a confiar más en Él y comprender que no era la tierra quien traería la bendición, sino Dios mismo.
Cualquiera que sea tu meta, la meta no es llegar, la meta es disfrutar del proceso de llegar. La meta no es alcanzar el punto B, sino aprender todo lo que Dios te enseña en el camino para que puedas disfrutar la meta al llegar.




