Este mes participamos en la celebración de cumpleaños de algunos familiares y amigos. El momento más esperado en toda reunión de cumpleaños es encender la vela y cantar el “cumpleaños feliz”. Pero en una de esas reuniones no había con qué encender la vela. Todos buscaban: fue un momento ansioso que paralizó la reunión. De repente alguien encontró un fósforo o cerillo, se encendió la vela y con emoción todos cantamos, celebramos y disfrutamos la reunión sin la zozobra de no haber podido encender la vela del pastel.
Muchos somos como ese cerillo: tenemos el propósito de brillar o encender por un momento, un momento que definirá la vida de otra persona. A menudo no damos valor a nuestro propósito o a la vida misma. Pero solo con que brilles y enciendas será suficiente para hacer algo por alguien más.
Como el cerillo, parece que solo se enciende una vez y termina. Eso era todo, y seguramente sí. Pero ese momento su fuego o luz hará que otros brillen, vean, no tropiecen, inspiren a otros, alegren sus vidas, encuentren propósito, etc.
No dejes de brillar; nunca te sientas pequeño o pequeña.
Tienes un propósito, ¡y nunca es pequeño!
“De la misma manera, dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial.”
— Mateo 5:16 (NTV)




