Hace unos días, mientras mi esposo preparaba el jugo para el almuerzo y yo cocinaba, en un descuido el vaso de la licuadora cayó al piso y los pedazos se esparcieron por todos lados. En seguida nos revisamos y nadie había resultado herido. Nos pusimos inmediatamente a recoger todo para evitar que alguien saliera lastimado.
Mientras estábamos limpiando, mi esposo se dio cuenta de que tenía una herida en el pie. La limpiamos y revisamos, y realmente nos pareció que era pequeña e insignificante, por lo que no le dimos mayor importancia. Al rato —y olvidando lo ocurrido mientras seguíamos con la dinámica del día—, me dice que le duele mucho el pie y que le dificultaba caminar. Ese día decidimos evitar que se pusiera calzado y que se quedara en casa reposando; le dimos el cuidado que al principio no le habíamos dado, porque creíamos que no era gran cosa.
No siempre son las grandes tragedias las que nos alejan de Dios. A veces son pequeñas heridas que dejamos pasar: una decepción, una oración sin respuesta, una palabra que dolió. Las ignoramos, las escondemos… y, sin darnos cuenta, crecen como espinas en el corazón.
La Biblia nos recuerda:
“Cuida tu corazón más que cualquier otra cosa, porque de él brota la vida.”
— Proverbios 4:23 (NVI)
Un corazón herido y descuidado no solo afecta nuestras emociones: también puede convertirse en un obstáculo para amar a Dios con libertad. Cuando no sanamos a tiempo, esas heridas pueden llenarnos de desconfianza, duda o frialdad espiritual.
Pero Dios no nos pide que ignoremos el dolor. Nos invita a llevarlo ante Él, a dejar que Su amor nos sane y a limpiar nuestro interior para que podamos amarle sin reservas.
¿Hay alguna pequeña herida en tu corazón que necesita ser sanada hoy, para que puedas amar a Dios con todo lo que eres?



Muy de acuerdo con la Pastora, no podemos descuidar nuestra espiritualidad ni el andar con Dios siempre ❤️
Muchas muchas gracias por compartir esa palabra tan especial y necesaria, muchas veces eso que parece pequeño dejamos que haga heridas en nuestro corazón que impiden que amemos a Dios con todo lo que somos.